Los inicios del mercado del arte moderno

A lo largo del siglo XVII se asistió a un importante cambio en la mentalidad europea, que viene condicionado por el racionalismo, ideología predominante en la época: el escepticismo reina y la mentalidad empieza a estar libre de prejuicios religiosos y supersticiones. Lo que más les interesaba era lo real, verídico y mensurable. Es el apogeo de la revolución científica, que fue iniciada en el Renacimiento y que culminó con la Ilustración. Los descubrimientos que se realizaron en física, astronomía, biología, medicina y química fueron dejando progresivamente atrás el pensamiento medievalista.

Este creciente interés por la mente, la ciencia y la tecnología hizo que se produjera una escisión entre las artes y las ciencias. A raíz de esto se generó la decadencia de las wunderkammern (cuartos de maravillas, gabinetes de curiosidades: hablaremos de ellos más adelante, en un post dedicado en exclusiva), porque en ellas estaba todo mezclado y esa confusión ya no resultaba agradable. Lo exótico, que era la característica principal de las wunderkammern ya no atraía la atención del público, y esto provocó que toda esa atención recayera en la pintura.

Hay que diferenciar un punto importante: el coleccionismo europeo del siglo XVII, época en la que se gesta el coleccionismo moderno, es muy diferente al coleccionismo español de la misma época. La mentalidad de España queda atrás con respecto a países de mentalidades más avanzadas.

Coleccionismo centroeuropeo.

El extraordinario desarrollo del coleccionismo en el siglo XVII y el surgimiento del mercado artístico entendido a la manera moderna no habría sido posible sin el auge de la burguesía centroeuropea. Surgió como consecuencia de una enorme actividad comercial, ayudando a la burguesía a pasar a formar parte de las negociaciones que hasta entonces habían estado en mano de los estratos sociales más poderosos. Como bien sabemos, fue una revolución notable sobre todo en territorios como Flandes y Holanda, donde los comerciantes, banqueros, abogados y funcionarios que habían ganado su riqueza gracias a su esfuerzo personal, y no a herencias familiares, pudieron progresar. Esto generó una gran producción artística: no en vano esta nueva clase social necesitaba símbolos de su poder y riqueza, que se materializaban como obras de arte realizadas por los artistas del momento para decorar sus casas. No solo fue algo reducido al ámbito pictórico: encontramos también obras de mobiliario, orfebrería, cristalería, vajillas,…

De cualquier forma, la pintura de carácter doméstico tomó gran importancia: eran pequeños cuadros de dimensiones reducidas que se ambientaban en las viviendas, representando escenas absolutamente cotidianas con personajes que aparecen vestidos de manera realista. Era una pintura muy detallista, se buscaba el máximo detalle en muebles, telas,… algo que encumbró a pintores como Johannes Vermeer de Delft (1632 – 1675).

Asimismo, en el siglo XVII, experimentaron un enorme auge los bodegones o naturalezas muertas. Mezclaban animales, frutas, flores, comida y piezas de cubertería y cristalería, con lo que volverían a servir como propaganda de la riqueza de los hogares en los que estaban colocados pese a que también poseyeran en muchas ocasiones un carácter moralizante.

Asimismo surge un género pictórico importante para la evolución del coleccionismo: la pintura de gabinete, conocida en centroeuropa como kunstkammern, se diferencia de las wunderkammern manierista en que estas guardaban celosamente las piezas, mientras que dichos cuadros perseguían lo contrario: dar a conocer las colecciones artísticas de los ricos. Este género surgió en Bruselas a comienzos del siglo XVII en la corte de los archiduques Alberto VII de Austria e Isabel clara Eugenia. Los pintores que se dedicaron a esto fueron Franz Francken el Joven y Hans Brueguel el Joven. Eran cuadros de pequeño o mediano formato en los que, sobre un fondo neutro en tonos ocres o grises, se exhibían las colecciones de pinturas, esculturas y curiosidades, bien reales o inventadas, como en una instantánea fotográfica. Estos cuadros están caracterizados por una pared en tonos neutros que se llama pared preciosa, sobre las cuales se exponen las obras de arte, y en primer plano la aparición de una mesa que está abarrotada de pequeños objetos, cual bodegón. También suele presentar una puerta que conduce a otra estancia, normalmente una biblioteca. Puede contarse también de otra forma: cuando las dimensiones lo permitían, la estancia representada incluía a los visitantes, al coleccionista y al pintor.

En la primera mitad del siglo XVI surgió una variante de la pintura de gabinete que no perseguía la exhibición de cuadros reales, sino la creación de obras alegóricas en entornos parecidos representando piezas que no tenían por qué ser reales. Eran más alegóricos y con un sentido más moralizante.

En este contexto histórico-social, protagonizado por la burguesía, desarrollado en un ámbito doméstico e interesado en un arte profano, se sentaron las bases del coleccionismo y mercado de arte modernos.

Desarrollo de temáticas al gusto del coleccionista.

Dados los intereses tan concretos que poseía la burguesía como cliente, los artistas hubieron de adaptarse a las exigencias que les hacían teniendo en cuenta que su prioridad era ensalzarse a sí mismos mediante esas obras de arte. De ahí que muchos actuaran como modelos, solos o con sus familias, y que ofrecieran sus colecciones artísticas, joyas y riquezas en el caso de la pintura de gabinete para que el pintor las incluyera en el lienzo. Se empieza a considerar que el cliente siempre tiene la razón.

Aparición de una nueva dinámica de intercambio de obras.

Cuando la burguesía compra obras de arte, además de servirles para embellecer sus hogares actúan como inversiones de las que pueden desprenderse en el momento en que necesiten dinero. Aumenta más la demanda que la oferta, y como consecuencia se produce una creciente competitividad entre los clientes que quieren hacerse con las obras, de ahí que las subastas produjeran tantos beneficios. Aumenta el poder del marchante, que al tener este juego en sus manos, puede permitirse imponer al artista sus propias condiciones. Esto acaba conduciendo a un fenómeno de superproducción derivado de la aparición de copias de taller y falsificaciones.

Gran importancia del intercambio cultural.

El comercio artístico adquiere un carácter internacional mediante la presencia de gobernantes en países extranjeros (como los españoles en los Países Bajos) y la actividad diplomática, que a menudo llevaba al intercambio y regalo de obras de arte entre casas reales, embajadores y aristócratas. Esto permite un gran movimiento de obras y una notable difusión de influencias. Existen ejemplos paradigmáticos como la adquisición de la colección artística de los Gonzaga de Mantua por Carlos I de Inglaterra, o la venta de cuadros españoles de Ribera y de Murillo por parte de comerciantes napolitanos a clientes holandeses.

Establecimiento de ferias y subastas públicas.

Este extraordinario desarrollo del comercio artístico hizo que los artistas y sus clientes dejaran de ser los únicos que participaban en las ventas. Ahora son los marchantes quienes se encargan de actuar como intermediarios en los eventos y actos públicos destinados a este fin, rodeándose por otros personajes que también intervienen en la venta como peritos tasadores, los redactores de los catálogos, los abogados que participan en los litigios… Entre esos eventos destacaron ferias como la de Saint-Germain en Francia y Leipzig en Alemania y subastas como las de Amberes y Ámsterdam.

Sometimiento del pintor al mercado.

Al entrar tantas personas en el juego, el pintor deja de ser el único que obtiene beneficios, siendo a menudo más escasos que los de los marchantes. Normalmente acababan recluidos en sus talleres dejando que los intermediarios se ocuparán de la parte más materialista del oficio artístico, con excepciones en las que su gran prestigio les permitió involucrarse más al contar con un segundo cargo sumando al de artista. No en vano vemos a Rubens compaginando sus tareas como pintor con las de diplomático, marchante y asesor artístico de Felipe IV, o a Velázquez pluriempleándose como ayuda de cámara, superintendente de obras y aposentador mayor, además de pintor de Felipe IV, también.

Proliferación de obras de taller y falsificaciones.

También es una consecuencia de la competitividad y ambición generadas por este nuevo comercio artístico. La picaresca llevó a muchos artistas jóvenes a realizar copias de los pintores más famosos con las que esperaban confundir al público, pese a que éste estaba al tanto de lo que ocurría y la falsificación pasó a estar muy penalizada y distinguida. Todo esto se debía a que por entonces ya se valoraba extraordinariamente el original de un artista de renombre como objeto codiciado, algo muy distinto de lo que había sucedido en otros momentos históricos (la Antigüedad, la Edad Media) en que se los tenía por artesanos.

Papel de los marchantes como dinamizadores de la vida artística.

Dado que los artistas habían dejado de trabajar solamente por encargo, los marchantes se encargan de dirigir su producción hacia un cliente anónimo, un futuro comprador. Esto amplió los horizontes y perspectivas de dichos artistas, sustituyendo progresivamente a la figura del mecenas como persona que dictaba las pautas que debían seguir, aunque no se tratara de un cliente sino de un simple intermediario.

Nacimiento de los primeros museos públicos.

Aunque el Louvre es considerado el primer gran museo nacional y público de la Historia, en la segunda mitad del siglo XVII encontramos el germen de estas instituciones. Es el caso de museos como el Ashmolean de Oxford que se regían por un reglamento, desarrollando una normativa administrativa, de catalogación e inventariado, de conservación de las obras de arte, de tarifas, horas de visita del público, etc. No obstante, solían ser experiencias aisladas y en ellas prevalecía el carácter manierista que les hacía interesarse más por las curiosidades y rarezas que por el arte.

 

 

 

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