Mujeres en el arte: El Frans Hals que pintó una mujer

Cuatro líneas. Ese es el espacio que dedica la Wikipedia en castellano a Judith Leyster, una de las pintoras más famosas del XVII. Que las mujeres han sido borradas de forma casi sistemática de la Historia del Arte es algo que ya sabíamos. Pero que la obra de Judith pase tan desapercibida es, cuanto menos, un despropósito.

Judith, nacida en Haarlem en 1609, era una pintora holandesa que cultivó las obras de género, los retratos, y los bodegones. Fue la octava hija de un cervecero local, y durante toda su vida gozó de un reconocimiento como artista nunca visto antes, más teniendo en cuenta que era una mujer. Su fama era tal que siendo tan solo una adolescente el escritor Samuel Ampzing la mencionó en su Beschrijvinge ende lof der stadt Haerlem (1621), y fue una de las dos mujeres que consiguieron pertenecer a la Guilda de San Lucas, una corporación de pintores profesionales pertenecientes a distintas ciudades.

Aunque Judith fue tremendamente estimada y conocida por sus contemporáneos en vida, su obra fue olvidada después de su muerte. El redescubrimiento de la misma se produjo en 1893, cuando se supo que una pintura que durante más de un siglo había sido catalogada como obra de Frans Hals le pertenecía. Esto podría ser considerado una inocente confusión si no fuera porque no es, ni mucho menos, la excepción. La propia obra de Sofonisba Anguissola fue atribuida durante mucho tiempo a artistas tan brillantes y conocidos como ‘El Greco’. Lo mismo ocurre con Artemisia Gentileschi, cuya obra fue atribuida a su padre.

En el caso de Judith el engaño fue mucho más sofisticado y seguramente se remonta a su propia vida. Sabemos que Sir Luke Schaub, un diplomático británico, adquirió una obra de Leyster atribuida a Hals en el siglo XVII. Su distribuidor, Wertheimer, consideró que el Leyster era una de las mejores pinturas de Hals, así que fue vendida a una firma inglesa por el precio de 4.500 libras. Esta empresa, a su vez, vendió la pintura como un Hals al barón Schlichting de París.

En 1893 el Louvre descubrió el monograma de Leyster bajo la firma falsa de Hals. Se desconoce cuándo se agregó esta última, pero lo cierto es que el barón Schlichting demandó a la firma inglesa, que a su vez intentó rescindir su propia compra y recuperar su dinero reclamándoselo a Wertheimer. El asunto acabó en los tribunales, pero más allá de su resolución llama poderosamente la atención que durante el proceso legal la pintura dejara de considerarse un objeto de valor y que ninguna de las partes se alegrara por haber descubierto a una nueva pintora con el talento suficiente como para confundir sus obras con las de Hals.

Tras esto y como tantas otras artistas, Leyster fue ninguneada por la academia. Todavía hoy en día algunos consideran que tan solo fue una imitadora de Hals. Es curioso cómo damos por sentado que la genialidad de una artista solo puede partir de la imitación de la obra de un hombre, más si tenemos en cuenta que los expertos aún no se ponen de acuerdo a la hora de definir la relación que hubo entre ambos. Lo cierto es que Hals ha pasado a la Historia como uno de los mayores exponentes de la Escuela holandesa del siglo XVII, mientras que sobre Judith continúa planeando la sombra de la duda.

Pero además su caso es especialmente escabroso. No contentos con atribuir sus cuadros a Hals, muchos se atrevieron a señalar que estas obras pertenecían en realidad al marido de Judith, Jan Miense Molenaer. ¿La razón? Tras la muerte de Judith sus cuadros fueron catalogados como ‘la mujer de Molenaer’. Durante muchos siglos, las mujeres artistas tan solo eran ‘la hija de’, ‘la mujer de’, siempre eclipsadas por una figura masculina. Le pasó a Frida Kahlo, a Sonia Delaunay, Marietta Robusti… En el caso de Leyster el androcentrismo sobre el que se asienta nuestra cultura hizo el resto: ¿A quién se le iba a ocurrir que esto significaba, ni más ni menos, que los había pintado ella?

De nuevo en 1893 Cornelis Hofsteade, un afamado coleccionista de arte, le atribuyó siete pinturas, seis de las cuales portaban su firma. A partir de este momento la artista empezó a recibir su merecido reconocimiento. Llama la atención que con anterioridad sus obras fueran atribuidas a dos hombres diferentes, que tuvieran que pasar dos siglos desde su muerte para que alguien se atreviera a ponerlas en valor y reconocer su arte a pesar de estar firmadas por ella.

La brecha de género que sufren las mujeres en la Historia del Arte es brutal. Arrastramos una deuda de gran calado en un mundo construido a la medida de los artistas, apoyado en expertos que se ocuparon de silenciar a las pocas que pudieron colarse entre sus filas. Cabría preguntarnos cuáles son los mecanismos mentales que nos llevan a asociar las obras de calidad con figuras masculinas, aún cuando no sabemos a ciencia cierta quién sujetaba el pincel o incluso cuando éstas aparecen firmadas por mujeres. Deberíamos plantearnos cuántas de ellas esperan tras el silencio injusto de la Historia, cuántos cuadros han sido atribuidos erróneamente a hombres, cuánta cultura y cuánta genialidad nos hemos perdido.

Nuestro objetivo es rescatar la historia de las que fueron, aunque la huella del tiempo se empeñe en borrarla. Por eso es importante recordar a Judith y a todas las que, como ella, han visto su trabajo silenciado y menospreciado, o relegado en el mejor de los casos al almacén de un museo. Por eso, la próxima vez que me digan ‘Perdón, Judith… ¿qué?, responderé, simplemente: Leyster, Judith Leyster’.

 

Art Market Guest Bloggers.

 

Pilar Rincón (Segovia, 1992)

Doctoranda en Historia, Historia del Arte y Territorio. En el año 2015 investigó la Prisión Central de Mujeres de Segovia entre 1946 y 1956. Ha escrito algunos ensayos como: ‘El Primer Franquismo: fascismo o dictadura reaccionaria’ o ‘La cultura de la violación en el siglo XX’. Además fue premio Emiliano Barral de literatura en su edición de 2010.

 

 

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