La muerte y resurrección de Notre Dame

«Y la catedral no era sólo su compañía, era su universo, era toda su naturaleza. No soñaba con otros setos que los vitrales siempre en flor, con otras umbrías que las de los follajes de piedra que se abrían, llenos de pájaros, en la enramada de los capiteles sajones, otras montañas que las colosales torres de la iglesia, otro océano que París rumoreando a sus pies.» Nuestra Señora de París, Víctor Hugo.

Nuestra Señora de París. Así titulaba Víctor Hugo una de sus novelas más conocidas y que más han dado de qué hablar en los años pasados. Publicada en 1830, nos cuenta una desgarradora historia con tres vértices: la bella zíngara Esmeralda, el jorobado Quasimodo y el archidiácono Frollo. Tres vértices, así como lo son las tres grandes catedrales góticas de Europa: Notre Dame de París, Notre Dame de Reims y Santa María de Regla de León.

Entre 1140 y 1270 se edificaron en Francia 1.108 abadías, precursoras de las grandes catedrales cuando aún no poseíamos la capacidad de levantarlas. El impulsor de la catedral de París fue Maurice de Sully, obispo de la ciudad, que contó con la presencia del Papa Alejandro III para la colocación de la primera piedra de semejante monumento. No conocemos el nombre de su arquitecto, dado que, como ya sabemos, la corriente que impulsó a los artistas y virtuosos de la piedra a firmar y reivindicar sus creaciones aparece siglos más tarde, en plena Italia. Sí se rumorea sobre la participación de los Templarios, o al menos de sus ideas y dineros, en la construcción de Notre Dame. La repentina aparición de signos que aluden a Salomón entre los muros góticos, así como el hecho de que Santa María de Vezelay fue impulsada por Bernardo de Claraval, patrón templario, siendo así la primera iglesia gótica conocida… en fin, hay indicios, en definitiva, de que la situación privilegiada de los templarios debido a la Omne Datum Optimum de 1163 les permitía aportar una gran cantidad dineraria para semejante obra. Podríamos entrar en las comparaciones maravillosas entre el arte gótico y el orientalismo, como es el imaginario medieval y el egipcio, pero ya lo hizo reciente y magistralmente Javier Sierra para El Mundo y no quisiera repetirme.

En definitiva, y volviendo a lo que nos ocupa, en 1160 se ordena la construcción de la nueva catedral, sobre el suelo donde antes podía verse una iglesia dedicada a San Esteban, y antes de esto, un templo de Júpiter, y más temprano aún en la Historia de la Humanidad, construcciones celtas. En 1185 se celebra la primera misa entre sus muros, apenas construidos aún, por Heraclio, el patriarca de Jerusalén, y en 1200 se culmina la nave central. Cuarenta años tan solo, un hito de la época. Hasta 1260 continúan construyendo, realizando los brazos del transepto entre 1250 y 1267 con Jean de Chelles y Pierre de Montreuil.

 

 

Este monumental edificio sobrevivió a la Peste Negra, más no gran parte de la población parisina. También a la Guerra de los Cien Años, cuando Enrique VI se coronó como rey de Francia en 1431 dentro de la catedral. También fue capaz de sobrevivir a las guerras entre católicos y hugonotes, más no lo hicieron parte de las esculturas externas. En la Revolución Francesa los daños se acusan más: se ha desacralizado el templo, y Notre Dame toma el rol de un almacén de alimentos. Las estatuas de los reyes de Francia que decoran el friso de la fachada principal son decapitadas, y las campanas se refunden en pos de la Revolución. En 1804 Napoleón se corona allí mismo como emperador de Francia -he de decir que comprendo esta mala manía de coronarse en Notre Dame: debe ser increíble sentirse emperador bajo sus bóvedas- ante el Papa Pío VII, y por tal motivo se le otorga la consideración de basílica menor. El primer incendio que sufrió la catedral no fue en 2019. Fue en 1871 cuando, durante unos actos de la revuelta de la Comuna de París, sufre daños por fuego. En el siglo XX ambas Guerras Mundiales le pasan factura, pero especialmente la segunda: Reims queda destruida por los alemanes, mientras que Notre Dame sufre sobre todo daños en las vidrieras.

Cabe destacar que Notre Dame no ha permanecido inalterable con el paso de los siglos. Ni siquiera puede afirmarse que sus únicos cambios hayan venido motivados por las revueltas y los daños. En el siglo XVII, en el reinado de Luis XIV, se destruyen sepulcros y vidrieras para adaptar estos elementos al gusto de la época. Entre 1630 y 1707 el gremio de orfebres de la ciudad encargó una obra por año a famosos artistas franceses, presentándolos durante el mes de mayo: 76 grandes obras que abandonan la catedral en la desacralización, de las que ahora conservamos unas 50, permaneciendo 12 en la catedral de las que ahora no conocemos su estado.

 

El declive

 

“Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo, no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlomagno que colocó su primera piedra, ni aun hacia Felipe Augusto que colocó la última”. Nuestra Señora de París, Víctor Hugo.

Víctor Hugo denunciaba ya en el siglo XIX la muerte anunciada de los muros de Notre Dame. Y es que, si rememoramos y miramos al pasado, las catedrales han sufrido indecibles tormentos propiciados por la desidia humana desde prácticamente su construcción. El amor que se sintió particularmente en época gótica por las estructuras altas y finas concluyó con no una, ni dos, ni tres desplomes de las mismas escaso tiempo después de su construcción. Es en 1843 cuando se acomete la restauración de la catedral de París, mano a mano entre Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc y Jean Baptiste Antoine Lassus, ambos arquitectos restauradores que, en la época, gozaban de renombrado prestigio. No finaliza hasta 1857, acometiendo una restauración denominada «de estilo», en la cual el arquitecto restaurador buscaba remontarse a las ideas originales de la mente del arquitecto primigenio para llevarlas a cabo aún con más exactitud de lo que se hiciera de origen.

“Restaurar un edificio no significa conservarlo, repararlo o rehacerlo sino obtener su completa forma prístina (primitiva), incluso aunque nunca hubiera sido así.”  Eugene Emmanuel Viollet-le-Duc.

Esta pareja restauró numerosos edificios, especialmente románicos o góticos, como son la basílica de Saint Marie de Vézelay, la Saint Chapelle parisina, la Sala Sinodal de Sens, el pueblo de Carcassone, Saint Sernin de Toulouse, el castillo de Pierrefonds o la catedral de Saint Front de Périgueux, entre otros.  Todos los principios planteados por Viollet son tomados como una especie de dogmas, en gran parte de Europa, donde salieron una serie de arquitectos seguidores de Viollet que son llamados violletianos. Asumieron las riendas de la restauración arquitectónica en Europa durante muchas décadas. En España vemos a Juan de Madrazo –Catedral de León-, Elías Rogen –Santa María de Ripoll-, Manuel Aníbal Álvarez –San Martín de Frómista-, Adolfo Fernández Casanova –Catedral de Sevilla-, Arturo Mélida –San Juan de los Reyes, Toledo- y Vicente Lampérez y Romea –Catedrales de Burgos, Cuenca y de la Casa del Cordón en Burgos- y Joaquín de Vargas y Aguirre –Salamanca-. En España se acerca como fecha de inicio de la restauración de estilo el año 1869, cuando Juan de Madrazo asume la restauración de la catedral de León.

 

 

Pronto esta corriente de restauración fue duramente condenada y esa condena se inicia también en Francia. Uno de los primeros en alzar la voz es Víctor Hugo, que la condena porque entiende que en una restauración de estilo se falta a la autenticidad arqueológica. Es consideraba una restauración mistificadora, imitadora, falsificadora. Son detractores, en definitiva, de obtener la forma prístina de un edificio a través de una restauración. Es un falseamiento histórico. También es cierto que Víctor Hugo era defensor de no restaurar los monumentos, lo consideraba algo sacrílego. Su máximo rechazo llega en el primer tercio del siglo XX, cosa que se manifestará principalmente a través de las grandes legislaciones europeas, especialmente la italiana del 1931 y la española en 1933, lo que no quiere decir que no tenga defensores. Todavía hoy hay defensores de la restauración de estilo, pese a estar prohibida por ley. La restauración arquitectónica de estilo, igual que el resto de teorías, tienen su paralelo, su consecuencia y sus aplicaciones en la restauración de bienes muebles.

“Del mismo modo que ningún poeta se pondrá a terminar los versos incompletos de la Eneida, ningún pinto a terminar un cuadro de Rafael, ningún escultor a terminar una estatua de Miguel Ángel, así ningún arquitecto debería consentir en completar una catedral.” Adolphe Didron “Annales Archéologiques” 1845.

“Debe profesarse la máxima de que más vale conservar que reparar; que es preferible reparar a restaurar; ya que en ningún caso debe ser permitido añadir ni siquiera con pretexto de adornar.” Charles F. René de Montalambert. “Annales Archéologiques” 1845.

“Si se rehacía la parte que faltaba de manera tan perfecta que no lo notase nadie esto provocaba escrúpulos, pues con este método se engañaría a las siguientes generaciones, por lo que abogaba por hacer que se diferenciase las partes antiguas, ya fue por la textura o el color de la piedra, por la ausencia de molduraje o por la clase de pulimento.” Anatole Leroy-Beaulieu “Reveu de Deux Mondes” 1874.

Volviendo a la catedral que nos ocupa, vemos que la aguja fue un añadido del XIX en el marco de esta restauración, así como se buscó realizar dos agujas más que coronasen las dos torres campanario de la fachada principal, que finalmente no se llevaron a cabo y que hoy, precisamente hoy, es algo que agradezco profundamente. El friso de esculturas de esta fachada, con los reyes de Francia, se completa de nuevo tras los daños producidos al mismo durante la Revolución. Se realiza asimismo una nueva sacristía, completamente neogótica, así como todos los arbotantes de la cabecera y de la nave central, mientras que el triforio se renueva con una serie de ventanas decoradas por gabletes que son nuevos. Por otro lado, todos los edificios que rodeaban -y en algunos casos estaban adheridos a la propia catedral- se tiran abajo, generando la gran plaza que la circunda aún a día de hoy.

 

 

El incendio

 

Año 2019. Día 15 de abril, irónicamente Día Mundial del Arte, y Notre Dame ha roto a arder a las 18.50h. El incendio se declara en una zona indeterminada cubierta por andamios debido a la reciente restauración que se estaba acometiendo en torno a la zona de la aguja de Viollet-le-Duc, no conocemos todavía si se inició en la propia aguja o en las cercanías. Es virulento, es fuerte, y pese a los esfuerzos de los bomberos que son rápidamente movilizados al lugar, a las 19.53h la aguja, realizada en madera y plomo, cae. Con ella cae también el gallo que la corona y que guarda tres reliquias en su interior: una espina de la corona de Cristo, y las reliquias de Santa Genoveva y San Denís. Para entonces, sabemos que el Apostolado de cobre que suele decorar la flecha -así se denominaba popularmente a la aguja- están a salvo, retiradas en medio de las labores de restauración.

 

 

Acorde a Reuters, el techo cae a las 20.15h. Poco después empezamos a obtener imágenes en directo grabadas por drones de la policía francesa, que en mi caso me hacen temer lo peor: solo se ven llamas y restos del esqueleto del Bosque -la cubierta de madera de Notre Dame, llamada así por las numerosas vigas de madera y su grosor- y no tenemos claro si estamos viendo el fuego sobre las bóvedas o si estas ya han caído y las llamas son especialmente altas. Se escuchan constantemente derrumbes y golpes, lo que apoya la teoría de que las bóvedas se han venido abajo.

Yo estoy en ese momento en casa de unos amigos. La noticia me encontró en la calle, gracias a una llamada avisándome. Imagino que la idea inicial era que hiciera lo que hoy hago, dar noticias, contar lo que ocurre, pero no fui capaz. Acudo rauda, apartándome lágrimas a manotazos, hasta donde puedo sentarme en un lugar seguro y dedicarme a leer, leer y leer. Las perspectivas son desoladoras. Las calles de París están repletas. La Ile, parcialmente desalojada por los riesgos que supondría para los edificios cercanos el derrumbe de la catedral, está desierta. La catedral lleva una hora y media ardiendo, son las 20.30h de la tarde y comienzan a escucharse voces que se sobreponen al drama. Las secundo, en cierta medida, porque si las bóvedas hubieran caído como se pensaba en ese momento, el trabajo ingente que estaban acometiendo los muros y los arbotantes sin ese apoyo tan necesario de los nervios para sujetar el peso de la catedral, perjudicados además por el humo y el fuego, e incluso el agua que, a chorros, utilizan los bomberos para salvar la catedral, la catedral hubiera estado muy cerca del colapso.

 

 

Durante un largo rato no hay novedades. Escuchamos, sobre todo, a varios líderes españoles, europeos y americanos hablar sobre el suceso. Se menciona la posibilidad del uso de aviones cisterna para apagar rápida y eficazmente el fuego. Bufo. Los cercanos me preguntan, y explico que eso sobrecargaría la piedra de tal manera que, estando débil como está, la estructura se vendría abajo. Me quedo callada, y algo después comento que quizá sea necesario. Si realmente la catedral va a derrumbarse, sería recomendable realizar un derrumbe controlado y apagar las llamas previamente, para evitar posibles daños a los edificios adyacentes.

A las 20.46h la Ile es totalmente evacuada. Esto solo reafirma ese sentimiento de derrota y de abandono. Temen realmente tener que derrumbar Notre Dame de París, no saben si son capaces de salvarla, y nadie podría culparles. El plomo de la aguja, los techos y las vidrieras aporta un poder calorífico a las llamas que complica toda la operación. Las voces que piden aviones cisterna crecen, y es el propio Ribera Blanco, catedrático de Historia y Restauración Arquitectónica y subdirector del Instituto de Patrimonio Cultural, quien salta a callarlas, explicando la situación. Comenta precisamente el caso de una catedral hermana, la leonesa, que se salvó porque no se tomaron este tipo de medidas en su incendio de 1966. También explica el peligro del plomo, y el de la pizarra, material con el que se cubre el techo y el cimborrio. Asimismo, expresa su temor por las esculturas barrocas del coro y por el aguante de los nervios de las bóvedas.

 

 

Es a las 21.44h cuando un portavoz del cuerpo de bomberos parisino dice las terribles palabras: «La próxima hora y media es determinante. No estamos seguros de poder controlar la propagación del fuego. No sabemos si podremos salvar la catedral». A las 21.56h se confirma que el fuego ha alcanzado la torre norte, y que una veintena de bomberos han accedido al interior. Me echo las manos a la cabeza: no me hace falta que me digan que si no controlan el incendio allí, la torre caerá, y con ella, las bóvedas si es que siguen en pie, y parte de los muros. Una catedral gótica es un castillo de naipes: dura y resistente, pero compuesta de una suerte de equilibrio místico que se vería tremendamente afectado.

Pasa una larga, larguísima hora, hasta que se escucha la agridulce noticia: «Notre Dame ha sido salvada». ¿Ah sí? Mi primer pensamiento es escéptico. A mi entender, hemos visto caer su cimborrio, su aguja, hemos visto estallar vidrieras y el humo salir de su interior, mientras que tan solo repiten que «las obras más importantes han sido evacuadas». ¿Han salvado el cascarón? Y no es por ser agorera, o por no considerar importante semejante joya del gótico, por cascarón que sea. Es que Notre Dame es un cómputo: sus pinturas, su coro, sus esculturas, su suelo, sus columnas, su triforio, sus bóvedas magníficas, sus rosetones y vidrieras, sus portadas. Es un cómputo, y hemos visto arder una parte de ella. No, en ese momento no me sentí reconfortada, pero me alegré de haberme equivocado.

 

 

Es entonces cuando se anuncia que la corona de Cristo y la túnica de San Luis se han salvado. No enarco las cejas más porque no me es humanamente posible. Entiendo que la intervención ha tenido que ser rápida y que no podrían sacar, por ejemplo, la Piedad de Coustou, pero… meneo la cabeza. No es cuestión de entrar en ello. Se me acongoja el pecho de pensar en todo lo que hemos perdido aquella noche.

A las 22.56h los bomberos acceden a Notre Dame, y comienzan poco después a circular las imágenes por las redes sociales. Esos hombres, héroes sin nombre de la noche, han parado y han usado sus teléfonos móviles para enseñarnos el interior, porque consideran que París y el mundo necesitan saber. Es entonces cuando se confirma que tan solo han caído las bóvedas del transepto y el crucero, y yo respiro. Se percibe la destrucción en su interior, entre otros motivos porque los restos de la aguja aún humean sobre el suelo de la catedral, y las piedras que antaño conformaban la bóveda que la sostenía son ahora añicos. Pero sigue en pie, y al fondo vislumbro el altar y las esculturas que lo conforman. Un rayo de esperanza. Al tiempo, el infierno arriba: por el agujero dejado por el cimborrio vemos arder el Bosque, y eso nos muestra que no todo está aún salvado.

 

 

Se emplea entonces un robot especial que baja la temperatura del interior progresivamente, con el objetivo de permitir el acceso a los profesionales que han salvado la noche y el mundo. Hay 400 efectivos desplegados y se espera que la lucha aún dure varias horas más. El incendio está controlado, más no sofocado. Entretanto, París entera está arrodilada en sus calles, cantando y rezando por la gran mole de piedra que permanece ardiendo en medio de la noche. Es algo místico: no pueden hacer nada por ella, pero no pueden dejar de mirar y, de alguna manera, enviar sus deseos de la mejor forma que saben.

«Todos los ojos se habían levantado hacia lo alto de la iglesia. Lo que veían era extraordinario: en la cima de la galería más elevada, más arriba del rosetón central, había una gran llama que subía entre los dos campanarios con remolinos de chispas, una gran llama desordenada y furiosa a la que el viento arrancaba en algunos momentos una lengua en medio del humo. Debajo de esa llama, debajo de la oscura balaustrada de tréboles al rojo, dos gárgolas vomitaban sin cesar aquella lluvia ardiente cuyo flujo plateado se recortaba sobre las tinieblas de la fachada inferior». Víctor Hugo, Nuestra Señora de París.

 

 

No es hasta las cuatro de la mañana cuando el incendio se declara controlado y parcialmente sofocado. A las siete empezamos a recopilar nuevas declaraciones, que alientan lo que yo expresé la noche anterior: no tienen claro cuales han sido los efectos del fuego, el humo y el agua sobre la estructura, y se llevarán a cabo estudios sobre ello en las siguientes 48 horas. Es vital conocer las vulnerabilidades que, ahora, sabemos que se encuentran principalmente en las bóvedas. Las imágenes y vídeos de la catedral llueven sobre nosotros. Se descarta una causa dolosa y se notifica que dos tercios de las techumbres de la catedral han ardido por completo. A las 10 de la mañana se considera el fuego completamente extinto.

 

 

Vicios y virtudes

 

Es ahora cuando podemos sentarnos y comenzar el balance de daños:

  • En primer lugar, la aguja, una estructura de madera cubierta de pizarra del siglo XIX. Al caer provocó el colapso de la cuarta bóveda sixpartita. Contaba con 93 metros de altura, y cayó junto al campanario.
  • En segundo lugar, el Bosque, armazón del siglo XIII que contaba con 1.300 robles talados en 21 hectáreas de bosque, perteneciendo cada viga a un árbol distinto.
  • En tercer lugar, los rosetones, que continúan en pie pero sumamente dañados por el calor. Los rosetones más pequeños han sufrido daños al fundirse el plomo que une los vitrales.
  • En cuarto lugar, las bóvedas. Han caído tres, el crucero, parte de la cuarta de la nave principal y la mitad del brazo sur del crucero. Se han identificado vulnerabilidad en la estructura del edificio, especialmente en el transepto.
  • En quinto lugar, los órganos. El principal, el del coro y el portátil, siendo este tercero el que ha quedado destruido. El mayor está a salvo, aunque está debilitada la estructura.

En cuanto a lo salvado, vemos que los mayos se han salvado, aunque están dañados por el agua y el humo, al no poderse descolgar a tiempo debido a su gran tamaño. Las estatuas de cobre de la aguja también, debido a que fueron extraídas el 11 de abril, y el altar, asimismo, parece a salvo según nos muestran las fotografías.

 

 

 

900 millones de dólares… y creciendo

 

El pueblo se ha volcado con la restauración de la catedral. Emmanuel Macron prometía ante la imagen de Notre Dame que sería reconstruida, y aparecía rápidamente LVMH (Louis Vouitton Moët Hennessy), uno de los principales grupos de Francia, propiedad de Bernard Arnault, con la noticia de la donación de 200 millones para la catedral, así como la oferta de sus equipos creativos, arquitectónicos y financieros. L’Oréal y los Bettencourt donaban otros 200 millones, 100 de la fundación y otros 100 de la fortuna familiar. Pinault, por su parte, donará 100 millones. La petrolera Total donará 100 millones de euros, y otras compañías como Apple o JC Decaux han prometido entre uno y veinte millones. El Banco Central Europeo, por su parte, ha anunciado también una aportación económica aunque no ha precisado dicha cantidad. El Ayuntamiento parisino ha aportado 50 millones de euros, y la presidenta de la región, Valérie Pécresse, otros 10 milones de los fondos de emergencia.

Internacionalmente vemos que varias organizaciones estadounidenses se han volcado en la recaudación de fondos, como la French Heritage Society, que ya aportó más de 800.000 euros el pasado año para la Biblioteca Nacional francesa. GoFundMe, por su parte, ha puesto en marcha una recaudación con más de 50 campañas. La UNESCO, asimismo, ha puesto en manos de París todo su bagaje en materia de restauración, así como la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, ha dispuesto celebrar una gran conferencia internacional con mecenas del mundo para organizar las aportaciones.

 

 

¿Cinco años o veinte?

 

Lo que muchos temíamos ha acabado sucediendo. Si bien ya hemos visto que las aportaciones para la restauración de la catedral son numerosas, aún no se sabe cual será el procedimiento a seguir. Y es que está teniendo lugar un debate que no debiera tener cabida en los tiempos que correr. Veamos qué opinan los expertos sobre la materia:

  • Carmen Lorenzo, directora del Escola Superior de Conservación y Restauración de Bens Culturais de Galicia: no se pronuncia, aunque sí exige la anastilosis -la recuperación del aspecto de la catedral preincendio-. Igualmente, muestra su voluntad de emplear algún diferencial para las partes renovadas, evitando así los falsos históricos y dejando constancia de lo sucedido.
  • Javier Ribera Blanco, que ya nombrábamos previamente, menciona el uso de materiales ignífugos, como el hierro, pero no reproduciría las esculturas y obras ya destruidas, si no que las reharía en un estilo más contemporáneo.
  • Francisco Daroca, patrono de la Fundación Arquitectura Contemporánea, confiesa que la reconstruiría de la forma más fidedigna posible, dejándola tal cual estaba el día del incendio, abogando por la memoria colectiva y su particular presencia. Como muestra, un botón: menciona el Campanile de San Marcos de Venecia, derrumbado en 1902 y levantado de nuevo.
  • Josep Ferrando, vocal del Colegio de Arquitectos de Cataluña, defiende los ideales de Viollet-le-Duc. 
  • Cristina Aransay, jefa del Servicio de Restauración de la Diputación de Álava, dejaría muestras del desastre.
  • Carlota Santabárbara, de la Asociación Profesional de Conservadores y Restauradores de España, se opone radicalmente a realizar un falso histórico.

 

 

 

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