Mujeres en el arte: de lo privado a lo público, Louise Bourgeois

Mamá. Así se llama la inmensa araña que recibe a los visitantes del Guggenheim en Bilbao a orillas de la ría del Nervión. Una estampa que a todos nos resulta familiar, aunque aquello de ponerle nombre a la autora se nos antoje un poco más difícil.

Mamá es una de las esculturas más conocidas de Louise Bourgeois, artista de origen francés nacida en 1911. Con sus casi nueve metros de altura constituye una representación distópica de la realidad de la maternidad, pues nos muestra cómo el mismo material que emplea la araña para fabricar el capullo (la seda) es utilizado para atrapar a sus presas y alimentarse. Lo que da la vida también puede ser letal, la protección también conlleve un riesgo. Este tipo de análisis es recurrente en Bourgeois, que dedica esta obra en particular y por ser tejedora, a su madre. Sin embargo, y a pesar de ser conocida por sus esculturas y cuanto más por sus arañas, no es este el tema que vamos a tratar hoy.

Uno de los grandes retos de la lucha por la igualdad ha sido el de definir la esfera de lo público y privado en la cotidianeidad y tratar de transformar las creencias y valores que encadenaban a las mujeres a ésta última. Desde la perfecta casada hasta el ángel del hogar, pasando por la aceptación del papel diferenciado de los sexos, las mujeres han sido tradicionalmente confinadas en el ámbito de lo privado: por incultas, por histéricas, por tener el cerebro más pequeño, por vengativas y peligrosas, o por no manchar su inocencia con asuntos retorcidos y escabrosos a los que solo debían dedicarse los hombres. Son muchos los argumentos esgrimidos a lo largo de la historia, argumentos que además se han visto condicionados en parte por el papel reproductor tradicionalmente asignado al género femenino, así como por el sistema de trabajo asalariado que, de forma sistemática, dejaba fuera de sus lindes a la mitad de la población hasta hace bien poco.

 ‘El problema que no tiene nombre’, como se ha conocido a esta suerte de confinamiento en el hogar, ha sido definido por numerosas autoras a lo largo de los últimos años. Apelando a la naturaleza, a esa dicotomía entre la razón (lo público) y el deseo (lo privado), son muchas las mujeres que han quedado recluidas, incluso silenciadas, entre las cuatro paredes de su casa. ‘Enhorabuena a Cenicienta si ha sabido emanciparse de tan grasientos dominios, si ha abdicado del negro trono del carbón que rodean espesas nubes de humo y si se ha despojado del regio manto de hollín. Existen dignidades que empequeñecen, que rebajan. Y ésta de reina del hogar (véase ‘reina del fogón’) es una de ellas’.

Una Bourgeois nacida en pleno apogeo del sufragismo, con una adolescencia inevitablemente marcada por una época en la que el feminismo empezaba a definirse como esa lucha externa pero también interna entre tus creencias y las ansias cada vez mayores de libertad, representa a la perfección los debates de toda una época.  Así, para Louise Bourgeois la palabra hogar va a tener un significado semejante. ‘Siento mi casa como una trampa. […] Ojalá pudiera hacer mi privacidad más pública, y al hacerlo, perderla’, confesaba.  Y sin lugar a dudas, va a ser este sentimiento el que va a marcar buena parte de su obra. Quizá haya sido la parte vivencial, completamente diferenciada para hombres y mujeres, la que haya llevado a las múltiples interpretaciones de su Femme Maison, que, en opinión propia, representa perfectamente la problemática que estamos tratando.

Si por algo se caracteriza el Femme Maison (mujer-casa) es por representar de forma sistemática el cuerpo desnudo de una mujer cuya cabeza ha sido sustituida por un edificio diminuto. El simbolismo de esta representación se complementa con esas otras ocasiones en las que es el propio cuerpo el que se expande hasta llegar a completar totalmente el espacio que corresponde al hogar, fundiéndose con las formas rectas que conforman los ángulos de las ventanas y esquinas que forman ese armazón que es la casa. Así las cosas, no es de extrañar que algunos autores hayan apuntado en sus interpretaciones a la relación entre arquitectura y mujer como principal objetivo discursivo de la autora, y si bien  no es del todo incierto, quizá estemos pasando por alto otros temas más importantes.

Los dibujos de Bourgeois son impactantes y en cierto modo provocan una sensación de angustia. El cuerpo de la mujer, desnudo, con atributos remarcados aunque en cierto modo poco definidos, queda expuesto como un reclamo sexual cuya única finalidad es la reproducción, mientras que la cabeza, invisible, siempre ausente, da a entender que son estas funciones reproductivas las que esclavizan a la mujer y que conllevan, inevitablemente, una pérdida de identidad completa. Una mujer sin rostro: un cuerpo, y nada más. Quizá la suerte de sus dibujos sea, como ha señalado Susana Carro, el observar que, contra todo pronóstico, es el cuerpo de la mujer el que rebasa los límites del ámbito privado del hogar y no viceversa.

Además, en algunas de sus representaciones encontramos un brazo estirado, en miniatura, casi insignificante en magnitud si lo comparamos con la representación de la desnudez, pero que se repite en dos ocasiones haciendo un gesto que, una vez más, ha sido interpretado por diversos autores en relación a dos vertientes: como un saludo cordial que proviene de alguien que acepta de forma natural su condición de mujer y su estrecha vinculación con el hogar, pero también como una llamada de auxilio. Como cabía esperar, esta última interpretación fue refrendada posteriormente por la propia autora, que sentenciaba que ‘las pequeñas manos’ que surgían de la estructura estaban ‘pidiendo ayuda a gritos’.

Teniendo en cuenta estos hechos, parece lógico pensar que la carga de ambigüedad que presentan estas pinturas puede llevar a múltiples interpretaciones. Es cierto e innegable que el ojo que mira se construye en base a la propia subjetividad, principio y final de todas las creencias sobre las que asentamos nuestra forma de ser en el mundo. Pero también es cierto que, si ha sido interpretada como un alegato feminista en pos de la igualdad de la mujer, del derecho a desarrollar una vida más allá de la colada, es porque Femme Maison, nos guste no, todavía hay muchas.

Art Market Guest Bloggers.

 

Pilar Rincón (Segovia, 1992)

Doctoranda en Historia, Historia del Arte y Territorio. En el año 2015 investigó la Prisión Central de Mujeres de Segovia entre 1946 y 1956. Ha escrito algunos ensayos como: ‘El Primer Franquismo: fascismo o dictadura reaccionaria’ o ‘La cultura de la violación en el siglo XX’. Además fue premio Emiliano Barral de literatura en su edición de 2010.
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